Considerada como figura integral en la historia del arte argentino del siglo XX, Gertrudis Chale (1898-1954) formó parte de lo que el crítico del arte Romualdo Brughetti denomina la Generación de 1939-40 -un grupo identificado por una importante exposición de sus obras en varias galerías de Buenos Aires en 1958(1). Dentro de un grupo mayor de cincuenta artistas, se destacó un pequeño círculo de artistas. Entre ellos descollan principalmente Juan Carlos Castagnino (1908-1972), el surrealista Juan Batlle Planas (1911-1966), Luis Seoane (1910-1979), Miguel Diomede (1902-1974) y Chale.

Según Brughetti, Chale representó dentro de este grupo uno de los más fervientes deseos de investigar y representar la realidad del hombre y del paisaje suramericano.(2) Sus obras panorámicas y figurativas en óleo y témpera incorporan elementos del expresionismo y del surrealismo, y enfocan la tensión entre la intemporalidad y la enormidad del mundo andino y la realidad moderna del indio en las culturas urbanas y rurales de la América del Sur.

Su complicada identidad como refugiada política en suramérica fue parte integral de la evolución de Chale como artista. Pero su muerte prematura en un accidente de aviación ocurrido en 1954 abrevió su floreciente carrera como pintora de fama nacional e internacional, y dejó sin respuesta muchas interrogantes de su historia personal y de sus motivaciones artísticas. Lo poco que se ha escrito acerca de Chale proviene de críticos de arte que tuvieron la buena fortuna de haberla conocido en la Argentina. Pero los fragmentos de sus escritos y diarios de viaje, descubiertos en fecha reciente, ofrecen perspectivas nuevas;(3) y la síntesis de las propias reflexiones de Chale, junto con las evaluaciones críticas y los recuerdos personales de sus contemporáneos, ofrecen una imagen más matizada de la vida y la obra de esta artista.

Nacida en 1898 en Viena, Gertrudis Chale creció dentro del fermento artístico y cultural del fin de siècle vienés. Aunque poco se sabe de su niñez y su formación académica, Mauricio Neuman, crítico de arte y amigo de Chale, escribe que a la edad de dieciséis años ella anhelaba estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. Después de graduarse en esta prestigiosa escuela, viajó a Munich y a Ginebra para continuar su formación como artista.(4) "En Munich", escribió Chale, "ingresé a la escuela de Heimann. En Ginebra tomé clases de anatomía plástica y me dediqué a pintar mujeres desnudas o semi-vestidas con algo de frívolo. Allí se pintó bajo el signo de Cézanne". La descripción de Chale sugiere su descontento con los temas iniciales de su obra y una búsqueda de su propia identidad artística. Su declaración que llegó a Alemania y a Suiza sintiendo una mayor atracción hacia el teatro y la variété que hacia la pintura parecería confirmar la ambigüedad de su actitud ante su obra en aquellos años.(5)

Sin embargo, a través de su talento innato y su educación formal, ella alcanzó un dominio técnico innegable. La primera exposición de su obra tuvo lugar en Ginebra, donde comenzó también a trabajar en artes decorativas y diseño comercial. Su éxito en el arte publicitario la llevó a París donde trabajó con varias empresas importantes. Chale se sintió "renacer" en París, donde descubrió la arquitectura y la historia, así como también el milieu artístico de la ciudad, inclusive las obras de Picasso, Braque y Dufy. También contrajo matrimonio con un francés de raíces suramericanas. Inspirada por la vitalidad cultural y artística de París hacia finales de la década de 1920 e impresionada por su historia y su belleza física, Chale juró que permanecería allí de por vida.(6)

Sin embargo, sintió pronto el atractivo de otras tierras. Los escritos de Chale dejan claramente establecido que su peregrinaje por Europa fue no solamente el producto de su formación como artista, sino también el resultado de un wanderlust hondamente vivido, un deseo constante de descubrir nuevos ambientes. "Soy una nómade" insistía. "Siempre miro adelante y siento que tengo aun muchas vidas y paisajes que abarcar y que vivir". Salió de Francia hacia España, donde recibió una invitación para trabajar como colaboradora artística en una importante casa de modas.(7) En España experimentó una epifanía artística. Al vivir un año en las islas de Mallorca e Ibiza, Chale descubrió la belleza austera de los paisajes mediterráneos y de los habitantes rurales de las Baleares. "Allí el paisaje se me reveló por vez primera como cosa pintable… Los árboles eran escasos y descubrí la belleza de los tonos pardos y ocres -la profundidad de los cielos, la arquitectura y el ritmo de un paisaje. Más allá de la figura humana del Ibizeño, las hermosas mujeres trajeadas exóticamente, me daban la forma, el color y la luz sobria de la cal deslumbrante y africana"(8)

Las sensibilidades de Chale fueron afectadas aún más profundamente por su viajes a través de la España peninsular. Aquí encontró extremos climáticos, las montañas de Guadarrama, y las vastas llanuras abiertas del interior de Castilla. Ella escribió: "A España la recorrí toda o casi toda y me sentí nacida una tercera vez. La amplitud del paisaje, su austeridad encontró honda resonancia en mí. Sentí una exaltación desconocida hasta entonces, una embriaguez de espacio y de luz. Sentí una extraña libertad en estos caminos áridos de Castilla".(9) Chale vivió también en Madrid durante más de un año, y su creciente fascinación con el paisaje se nutrió durante muchas horas en las colecciones españolas y flamencas de El Prado, contemplando no solamente las obras de Goya y Velázquez, sino también los paisajes evocadores de Brueghel y Patinir. Sus escritos sugieren que fue en España donde se dedicó por completo a pintar, improvisando "nuevas profesiones" que le permitieran ganar lo suficiente para continuar pintando y viajando.

Las vicisitudes de la guerra hicieron que Chale y su esposo viajaran a suramérica en 1934. Chale atribuyó la decisión de cruzar el Atlántico ese año a la violencia e inestabilidad que escalaban con rapidez hacia la guerra civil española. Decidió partir cuando una bomba explotó en la iglesia ubicada al lado de su departamento.(10) Mauricio Neuman explica que Chale huía del facismo en España y también del facismo que ganaba fuerza en toda Europa. La artista se sentía nómada y exiliada: Su calidad de artista, intelectual y judía la había distanciado irrevocablemente de la Europa donde nació debido a la opresiva transformación de la región bajo Hitler. La intensa identificación de Chale con el continente americano y sus poblaciones indígenas, insiste Neuman, tenían sus raíces en un sentimiento compartido de pérdida y exilio. Al igual que ella, también ellos eran fugitivos de un holocausto.(11)

Pero su emigración estaba claramente motivada por su experiencia en España y su deseo de continuar viajando, hacia hispanoamérica. Además, es posible que influencias anteriores tuvieran un papel en esta atracción: los orígenes suramericanos de su esposo y el recuerdo de su padre como alguien que "soñó siempre con las Pampas suramericanas". Parece ser evidente que Chale escogió a la Argentina como su hogar, debido a circunstancias políticas externas y en respuesta a interrogantes más profundas relacionadas con su identidad personal.

Sean cuales fueren las circunstancias políticas o personales que motivaron la decisión de Chale de emigrar a la Argentina, una vez allá ella se incorporó a un grupo de artistas e intelectuales en el que estaban bien representados tanto exiliados europeos como bonaerenses nacidos en la Argentina. Mauricio Neuman conoció a Chale en los primeros años de la década de 1940. La veía con frecuencia en las fiestas patrocinadas por el poeta de vanguardia Oliverio Girondo y su esposa, la escritora Norah Lange.(12) Lange era amiga de infancia de Jorge Luis Borges, quien en 1924 prologó su obra La calle de la tarde, y con quien ella fundó en 1922 la revista Proa. Girondo y Borges también colaboraban, notablemente en la creación de la famosa revista Martín Fierro. Lange y Girondo eran famosos por sus fiestas, a las cuales asistían la elite cultural de Buenos Aires, inclusive literati como Borges, Neruda, Lorca, González Tuñón, Conrado Nalé Roxlo, y Olga Orozco, además de artistas como Rafael Alberti, Grete Stern y Horacio Coppola.(13)

Neuman también asistía a las fiestas de Chale, donde conoció a los artistas Carl Meffert y Clément Moreau, al director de orquesta Carlos Böhm, y a otros bonaerenses y exiliados europeos que constituían la elite cultural de la ciudad.(14) El círculo de Chale parece haber sido típico de la cultura urbana suramericana de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. La vida cultural y social de la mayoría de las ciudades suramericanas estaba definida históricamente por la emulación de la cultura europea (fenómeno hecho físicamente evidente por la "Hausmannización" de ciudades como Buenos Aires).

Chale criticaba el fenómeno americano de "mirar hacia Europa" y compartía el creciente deseo entre sus colegas americanos de dirigir su enfoque intelectual hacia las formas culturales autóctonas e indígenas. Ella estudió a fondo los movimientos artísticos nativos de Buenos Aires y su impecable dominio del español fue otro indicio de su deseo de integrarse plenamente a una vida auténticamente "americana". Esto no significa que renunciara a sus orígenes europeos, sino que los consideraba parte de su pasado, sin trascendencia en cuanto a su capacidad para adoptar una "nueva patria". De hecho, ella consideraba que su identidad europea era una ventaja, arguyendo que para reconocer como artista lo que es distintivamente americano "hay que conocer al no americano".

Esta dualidad de identidades se reflejó en sus primeras obras en la Argentina. Sus pinturas y dibujos exploraban los suburbios como un espacio liminar entre dos mundos: el urbano y el de la pampa. Chale residió en este espacio ambiguo: al llegar a Buenos Aires, se mudó al suburbio de Quilmes, un barrio en las afueras de la ciudad, "donde el suburbio se abría hacia el campo y el río de la Plata".(15) Tanto Neuman como su compatriota, el crítico de arte Romualdo Brughetti, destacan la importancia del paisaje suburbano de Quilmes y de sus habitantes para definir la obra de Chale en ese período.

Las propias palabras de la artista sugieren que su interés en los linderos urbanos/suburbanos existía aun antes de su llegada a Buenos Aires. Al describir su estadía en Madrid, ella afirma que "viví 15 días en el barrio de la Puerta del Sol antes de descubrir la ciudad moderna de las grandes avenidas".(16) Según Brughetti, Chale descubrió en Buenos Aires el "campo" antes de internarse en la ciudad. "En Quilmes, ella… palpó el barro y la lluvia y vio las casas de zinc invadidas por las crecientes del Plata".(17) Para Neuman también, esta obra argentina temprana "refleja ambientes suburbanos y evoca la urbanidad primitiva a las orillas del paisaje suburbano".

Según Neuman, la obra de este primer período "es más racionalista y de mayor colorido que la del segundo período, en el que la inmensidad del mundo andino es toda su preocupación". Esta evolución entre períodos ocurrió en la primera década de la vida de Chale en suramérica, a medida que su interés en el paisaje irradiaba hacia afuera. Ella comenzó a viajar extensamente por toda la Argentina, por el sur hacia la Patagonia y hacia el norte donde descubrió el altiplano andino. "En este período posterior", afirma Neuman, "Chale abandona el color por el color en sí, para trascender sus sentidos mediante un cromaticismo que vibra con sonidos. Su obra es equilibrada, atemporal, con una atmósfera surreal. América era [para Chale] una civilización telúrica".(18) Describiendo ella misma la expansión de su visión, Chale expresó que

Frente a cierto tipo de paisaje americano estamos en ambientes de "desmedida." El mundo fenomenal colinda aquí y hasta se yuxtapone con la creación arbitraria. Pintando tal ambiente trato de insinuar algo de su tamaño físico: lo vasto, lo inmenso, lo insólito. En vez de llenar mis cuadros los vacío hasta dejar solo lo más significativo. Odio el 'motivo' decorativo. Donde se encuentra el paisaje más depurado, la pampa y la puna le hallo sus mas sobresalientes cualidades estéticas. Yves Tanguy, en sus representaciones abstractas pintó, sin saberlo, paisajes de esta clase.

Después de explorar el altiplano norteño argentino -"había respirado su aire que da tan particular claridad mental y extraordinaria euforia, había visto el color maravilloso de estas tierras altas, la diafanidad de su aire, la arquitectura de sus paisajes grandiosos, y la gente que les animaba"- Chale sintió unas ganas irresistibles de continuar viajando aún más hacia el norte. En abril de 1945, la artista inició un viaje de más de dieciocho meses a través del Perú, Bolivia y Ecuador.(19) El viaje adquirió pronto una meta más amplia que la búsqueda de nuevos paisajes; llegó a tener una importancia fundamental en la concepción del proyecto de Chale como artista suramericana.

Mientras Chale hacía preparativos para salir de la Argentina, su amigo Oscar Cerruto, quien era entonces agregado cultural de la embajada de Bolivia en Buenos Aires, insistió en que llevara algunos de sus cuadros para exhibirlos en La Paz. Chale escribió: "Esta sugestión, materialmente incómoda, daba sin embargo un sentido más hondo a mi viaje, el de llevar un mensaje artístico de nuestras tierras a nuestros vecinos". De inmediato concibió la idea de llevar no solamente obras suyas, sino obras de otros artistas. Juan Carlos Castagnino, entusiasmado con el proyecto de "conexión" artística, organizó una colección de sus acuarelas y dibujos, y la puso a la disposición de Chale. Clément Moreau hizo lo mismo. Chale llevó también del Museo de la Plata una colección, recientemente publicada en Buenos Aires, de huacos (artefactos religiosos andinos).(20)

Otras amistades con buenas conexiones en las instituciones gubernamentales y culturales de Bolivia, Perú y Ecuador, y con artistas en los mismos países, armaron a Chale con cartas de presentación, organizaron reuniones y facilitaron exposiciones, de manera que el viaje de Chale no tardó en convertirse en una gira oficial. Ella permaneció varias semanas en La Paz, donde Cecilio Guzmán de Rojas, el pintor boliviano y ex-director de la Escuela de Bellas Artes, la ayudó a organizar una gran exposición que incluyó no solamente las obras que había traído de la Argentina, sino varias pinturas en témpera que ella había creado durante su estadía en Bolivia. Chale organizó exposiciones similares en Lima, en el Instituto Cultural Peruano-Norteamericano, y en el Museo Colonial de Quito. Los documentos y recortes de periódicos que Chale recopiló durante su viaje demuestran el interés que su gira generó, tanto entre los críticos como entre el público. Ella misma escribió con emoción y satisfacción acerca de la acogida unánimemente entusiasta que recibió en las comunidades artísticas e intelectuales de las ciudades que visitó.

Chale hizo mucho énfasis en los numerosos vínculos profesionales y personales que logró establecer con prestigiosos artistas, escritores y periodistas. Quizás el más influyente fue su contacto con el pintor indigenista peruano José Sabogal y sus discípulos. Este grupo indigenista representó un movimiento artístico vital y significativo en los primeros años de la década de 1950 en el Perú. Sus obras enfocaban el paisaje rural y los habitantes del mundo andino, y evocaban un interés intenso en la continuidad de las tradiciones pre-coloniales y coloniales en las obras de arte y en las artesanías populares.(21) Chale sintió una afinidad y un respeto profundo por su proyecto, el cual tenía resonancias con su propia visión como artista americana.

Chale permaneció un mes en Cuzco, donde Sabogal, ex-director de la Escuela de Bellas Artes de Lima y director del recién fundado Museo de Arte Popular del Instituto de Arte Peruano, le dio a conocer la rica cultura artística e indígena de la ciudad. Los dos se hicieron inseparables, según Chale, visitando Cuzco y los pueblos andinos circunvecinos y conversando acerca de los problemas del arte en América. En Lima, Chale estableció una amistad estrecha con Julia Codesido, discípula de Sabogal, cuya casa se convirtió en un verdadero hogar para ella durante su estadía de ocho meses. La obra de Codesido fue reveladora para Chale. Era "la demostración concreta del cómo un verdadero artista puede aprovechar la maravillosa fuente de inspiración que ofrecen estos países indoamericanos, sin por eso caerse en el malfamado folklorismo o pintorequismo".

Su conocimiento de otros artistas que lidiaban con la cultura y los ambientes andinos fue para Chale una de las consecuencias más profundas de la gira, pero de igual profundidad fue su contacto con la tierra y las gentes de los Andes. Chale dedicó una parte considerable de su tiempo a excursiones fuera de las ciudades, viajando por peligrosos caminos montañosos en autobuses y camiones hacia el interior del país, donde permanecía durante largos períodos en comunidades predominantemente indígenas, participando en la vida cotidiana y en las costumbres locales. Escribió sobre Ayacucho en la región central del Perú, donde estuvo durante una Pascua de Resurrección: "viví con honda emoción inolvidables imágenes de la vida popular y mística del indio. Compartí sus fiestas en más de una ocasión como quedándome a veces 5 o 6 seis días entre ellos, bailando, bebiendo y… dibujando y fotografiando cuanto más podía, a veces bajo la lluvia y el frío más intenso". La oportunidad de sumergirse en la vida rural de los Andes tuvo un impacto transformativo sobre Chale, quien reconoció que estos viajes fueron fundamentales para su evolución como artista:

Ningún viaje ha sido tan rico en experiencias de toda clase como los que hice en camión, rodeada con frecuencia por gente indígena. Viajes por caminos a veces aterradores, o por donde no había camino alguno, viajando por las riberas de ríos apenas marcadas por una trocha, pero viajes inmensamente interesantes y estimulantes por lo que había que ver y simplemente por el contacto con la realidad de la gente. En mi opinión, debería ser obligación de todo artista, hombre o mujer, imponerse intencionalmente dicha experiencia y hacerla parte de su realidad a cualquier costo.

Chale mantenía al mismo tiempo un sentido de los riesgos del folklorismo y del romanticismo en sus representaciones de la cultura indígena. Brughetti escribe que "por sus virtudes de dibujante, de pintora, de observadora, Getrudis Chale se ubica en la línea de los artistas viajeros que evidenciaron en el siglo XIX la realidad americana y argentina." Pero él insiste en una distinción importante: "no hay en ella gestos románticos ni presiones naturalistas. Con acentos metafísicos y rasgos expresionistas, cuando no a veces ingenuistas, alió lo visual a lo plástico, apartada de excesos del realismo y simplificaciones abstractas, infundiéndole a sus formas y colores un aliento de existencia telúrica."(22)

Aun después del retorno de Chale a la Argentina en 1946, su proyecto de "vinculación artística" continuó. Duplicando el concepto que informaba sus viajes en el extranjero, Chale trajo obras de José Sabogal y del artista ecuatoriano Jorge Kingmann para exhibirlas en Buenos Aires junto con las obras que ella había creado durante su viaje. También publicó en revistas y otras publicaciones ensayos acerca de su viaje y el arte que presenció en otras partes de la América del Sur, y tenía planeado publicar un libro sobre los movimientos artísticos suramericanos.(23) Entre sus notas hay también una propuesta detallada para un diario que se llamaría Vínculo, "revista Indoamericana (de espalda a Europa)", cuya misión era la conexión cultural de países americanos y la representación de sus "valores y aspectos humanos, intelectuales, artísticos, topográficos y social políticos" particulares.

Chale continuó sus viajes y exposiciones en otros países, inclusive Brasil, México y Uruguay, y el reconocimiento crítico de su obra continuó creciendo. En 1948, ella obtuvo el Primer Premio en Pintura otorgado por la Sociedad de Acuarelistas y Grabadores, y en 1951, el Primer Premio en Dibujo; y fue invitada a exhibir su obra en el prestigioso Museo de Arte de São Paulo.(24) Durante esos años, experimentó también una creciente absorción en su amistad y colaboración con otro grupo prometedor de artistas: el brasilero Carybé, Luis Preti, Carlos Lugo y Raúl Brié. Los cinco compartían su amor por el altiplano norteño, y vivieron y trabajaron juntos en la provincia de Salta, creando su propia comunidad artística vital a principios de la década de 1950.

Chale se incorporó también a un incipiente movimiento muralista en Buenos Aires. Inspirado por la obra del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, quien llegó a vivir y enseñar en la Argentina en la década de 1930, un grupo de artistas dirigido por Lino Spilimbergo y Castagnino fundó el Taller de Arte Mural, y en 1946 comenzó un proyecto colaborativo para la creación de murales en prominentes espacios comerciales y arquitectónicos de Buenos Aires.(25) En 1954, Chale fue invitada a pintar una cúpula de las Galerías Santa Fe, donde su obra apareció junto a la de otros artistas como Batlle Planas y Seoane.

El mural en las Galerías Santa Fe fue su última obra de importancia antes de su muerte en 1954. Chale falleció en un accidente de aviación el 23 de abril en la Sierra de Vilgo, provincia de La Rioja en el noroeste de la Argentina, mientras volvía de Mendoza a Buenos Aires.(26) Además del sobrecogimiento y el inmenso sentimiento de tristeza y pérdida que sintió al recibir la noticia de la muerte trágica de Chale, Mauricio Neuman recuerda haber pensado que la "inmensidad de los Andes, columna vertebral de América Latina", sería una tumba adecuada para la artista. En 1945 Chale escribió sobre la reverencia y admiración que sintió cuando voló a Lima: "un viaje memorable, porque lo hice sosteniendo un mapa sobre mi regazo y viví concretamente la realidad del litoral peruano, tal como lo había soñado cuando tracé el mapa con mi dedo". Ella pintó algunas de las vistas memorables de ese viaje en avión,(27) el cual apreció claramente como otra manera de experimentar en forma visual el continente suramericano. Parece apropiado que se le diera una última oportunidad para absorber este vasto paisaje, y que su vida terminara dramáticamente en el altiplano que había convertido en su hogar.


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Julianne Gilland es Dr. en Historia en la Universidad de California, Berkeley.
(Traducción realizada por Alcides Rodríguez-Nieto)